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Noticias Nacionales y Locales
Noticias a lo largo de la historia

Si es niña, que muera”, se puede leeer en la fachada principal de una pequeña escuela hindú del estado de Maharashtra. Y es que la tortura tiene a menudo el distintivo de una niña recien nacida. Las estadísticas echan en falta 120 millones en el mundo y ya cunde la alarma en algunos municipios donde escasean las mujeres. Pero en la India la pobreza no admite pudor y cada pueblo o suburbio iene un experto en matar niñas recíen nacidas. Basta con unas bolitas de algodón empapadas en leche de camella o unos pocos granos de arroz para asfixiarlas. En la aldea de Soanu los varones van primero; son los únicos que cuentan. Para las hijas no deseadas siempre queda el infanticidio. Una comadrona se encarga de estrangularlas nada más nacer. El silencio y los servicios por enterrarlas vivas cuestan 35 rupias, poco mas de un euro.

Soanu no sabe leer ni escribir. Un lujo sólo reservado a los muchachos de la aldea que la vio nacer. Tiene 7 años y fue la última en llegar a una familia de siete hermanos incapaz de asegurarse un rincón de tierra fértil. Nadie se explica aún cómo puedo escapar al infanticidio, su sevreo a voces y una práctica habitual que incluso llega a se aceptada socialmente. Según la BBC, más de 3.500 niñas prenacidas son abortadas cada día en la India. Y hasta hace poco se animaba al aborto en los hospitales a cambio de un simple transistor.

A Soanu le retiraron pronto el afeco y fue vendida a un prestamista para saldar cuentas. Llegó a Bombay mendigando en sus calles y recogiendo todo el plástico y cartón que se le ponía delante.

Ahora se acerca una vez por semana a vender sangre en los bancos ambulantes que transitan los tugurios de la ciudad. A un precio prudente e ignorando que la cotización sanguínea varía de un día para otro en la Bolsa de la gran metrópoli.

Si ya existían mundos donde las niñas deben caminar tres pasos por detrás del varón, o simplemente lugares donde no se les permite llorar. Ahora siempre se las mata nada más nacer. En los hogares más miserables se les sigue considerando una carga económica, un mal negocio a la hora de reunir la dote que hay que pagar para casarlas.